Nuestras vidas son a veces tan agitadas, y están tan llenas de acontecimientos y cambios (cumpleaños, matrimonios, nacimientos, enfermedades, mudanzas, grandes planes), que enfocarse en “pequeñas” cosas como mantener la casa en orden o irse a dormir a la hora adecuada parecen ser insignificantes, cansadas, hasta irritantes.



Pero las pequeñas cosas, aquellas que hacemos casi en automático, son una parte sumamente importante de nuestro modo de vida, y son las que hacen una gran diferencia.

No nos encargamos de “cosas”, nos encargamos de “gente”, cuidamos a nuestra gente, a las personas que más amamos.

No limpiamos la casa sólo para que esté limpia.

No se trata solamente de mantener la casa en orden, sino de brindarle a nuestra familia un lugar pacífico, agradable y relajante en el cual sea un alivio pasar las últimas horas del día.

Se trata de cocinar no porque “tengo que hacer comida”, sino para llenar esos estomaguitos hambrientos, y de alimentarlos para que sean personas saludables y bien desarrolladas.





Porque sé que mi hijo no va a aprender a valerse por sí mismo si no le enseño cómo recoger su cuarto, tender su cama y hacerse un huevo, tareas que a mí me tomarían una décima parte del tiempo que me lleva enseñarle.


Estamos también cuidándonos a nosotras mismas, porque la vida es mejor cuando los trastes están lavados y la ropa está limpia y guardada.





Así que la próxima vez que te sientas frustrada y desvalorizada porque hay que recoger la sala por milésima vez, y otra vez la cocina está hecha un reguero, recuerda que tu trabajo cuenta, y muchísimo. Tiene una finalidad mucho más profunda y amorosa que sólo recoger o limpiar cosas. Y sin tu trabajo, la vida de muchas personas a tu alrededor no sería la misma.

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No se trata de tu casa, sino de la gente que amas
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