Cuando mi hijo estaba pequeño, digamos de unos 2 años, le compré un “set” de escoba, trapeador y palita. Y cuando yo me ponía a hacer la limpieza en la casa, le daba su escoba y su trapeador y él me “ayudaba”.

 

No es difícil imaginar que muchas personas me tomaban por loca. Cómo se me ocurría a mí hacer semejante cosa?? En qué cabeza cabía que a un niño se le animara a jugar de limpiar la casa?

 

Pero es que yo me puse a pensar que mi hijo algún día va a llegar a ser adulto, va a tener su vida propia, y va a tener que hacer su propia limpieza, cocinar su propia comida y lavar su propia ropa. Al menos va a tener que saber cómo se hace, como mínimo.

 

El poner a los chicos a hacer quehaceres, o trabajos en el hogar, es una de las principales maneras de transmitirles habilidades necesarias para la vida. Y nos guste o no, los padres somos los responsables de enseñarles esas habilidades.

 

Claro, da mucha pereza! Tengo mucho qué hacer para también andar detrás del niño viendo a ver si hizo las cosas o cómo las hizo. Es que yo lo hago mucho más rápido que él, y mejor! Es que pobrecito/a, está muy pequeño! Qué pereza, es que entonces tendría YO que ponerme a hacer las cosas!

 

Nadie dijo que ser papá y mamá era fácil.

 

El enseñarle a los chicos a asumir responsabilidades en el hogar, y a hacer tareas del diario vivir puede ser doblemente difícil para nosotros, si nosotros mismos no le hemos dado al mantenimiento del hogar la importancia que se merece, si nosotros mismos dejamos los quehaceres para después-después-después, si el mensaje que les transmitimos es que es aceptable vivir en un chiquero.

 

Pero si nos ponemos a pensar, el no darle responsabilidades a los chicos equivale a decirles que da igual si están o no están, porque nada se afecta con su ausencia o su presencia. Y eso es minar su confianza y su autoestima.

 

Y lo peor es, que más adelante, cuando sean adultos, van a pagar las consecuencias de nuestra pereza de enseñarles responsabilidades y conocimientos que les harían las cosas más fáciles.

 

A cuántas de nosotras nos pasó que, iniciando nuestra vida fuera de casa, talvez recién casadas o recién mudándonos a un departamento, casi nos da un ataque la primera vez que fuimos a comprar comida al supermercado, porque antes de eso no teníamos la más mínima idea de cuánto costaban las cosas? Cuántas no sabíamos cómo pedir la carne en el supermercado, qué cortes se usan para un platillo, y qué cortes para otro, cómo saber si las frutas estaban maduras, o si las papas eran de buena calidad o no, qué condimentos comprar, qué jabón usar para lavar la ropa? Cuánta ropa arruinamos por no saber cómo lavarla, o cómo quitar una mancha?

 

A mí todo esto me pasó. Y es por eso que no quiero que mi hijo llegue a ser adulto sin saber estas cosas básicas.

 

Por eso le compré la escoba.

 

Por eso desde que tiene 3 años sabe cómo dividir la ropa para lavarla.

 

Por eso aprendió a hacer arroz desde que tenía 9 años.

 

El año pasado aprendió a cocinar frijoles, tortas de carne y otros platos, y a limpiar la casa. Este año el papá le enseñó a lavar el carro, cortar el zacate de toda la casa y lavar las aceras con la hidrolavadora. En un par de meses le enseñaré a planchar.

 

Y no hace falta esperar a que sean adultos para ver los beneficios de enseñarles estas cosas. Por ejemplo, el año pasado cuando me disloqué la rodilla y tuve que instalarme permanentemente en el segundo piso por un mes, mi hijo se encargaba de lavar la ropa de todos, limpiar la casa, acomodar la cocina, y hasta de preparar ciertas comidas, o adelantar algo mientras llegaba papá a la casa. Durante esa época, su colaboración fue clave para mantener la casa funcionando, y lo fue gracias a que de antemano se le había enseñado a hacer todas esas cosas.

 

Podríamos pensar que el no enseñarles a realizar quehaceres domésticos no es la gran cosa. Pero así como los enseñamos a vestirse solitos y a lavarse los dientes y a bañarse a diario, también debemos enseñarles estas cosas que, finalmente les hará sentirse capaces de desenvolverse por sí mismos.

 

Sé que es difícil. Estamos cansadas y tenemos cien mil millones de cosas que hacer, y no sabemos por dónde comenzar, pero debemos enseñar a nuestros hijos e hijas. No es un castigo ponerlos a hacer trabajos en el hogar. Es un bien que les hacemos.

 

Y lo más sorprendente es que a los pequeñitos les gusta hacer cosas en la casa. Y los grandes, aunque protesten, en el fondo también les gusta, porque se sienten valiosos.

 

A mi hijo le encantaba barrer conmigo con su escobita de juguete. Quién diría.

 

Gabi

Los Niños y Los Quehaceres
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